Jorge Zavala Berríos

Filmmaker &
Storyteller

Dirección de cine · Producción cinematográfica · Postproducción

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Selección de trabajo

Historias que dejan
algo después.

Jorge Zavala en un estudio de filmación
La imagen con sentido

Cine independiente

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Cuaderno de cine

Directores que
me inspiran

Cortometraje · 2025

Tráiler oficial
“Antes del Silencio”

Presentamos el teaser oficial de Antes del Silencio. Escrita y dirigida por Jorge Zavala Berríos, producida por Dreamers Films y Felipe González.

Una historia donde las miradas pesan más que las palabras, acompañada por la música original de Alamiro Arias. Gracias a Dafna Delgado, Michael Araya e Ignacio León Delgado, y a todo el equipo que hizo posible este viaje cinematográfico.

Porque a veces… el silencio llega mucho antes que el final.

Making of · Capítulo 1

Entre ruinas
y silencios

Este primer capítulo del making of nos adentra en las primeras jornadas de rodaje, donde Jorge Zavala, director y guionista del film, construye un mundo postapocalíptico marcado por el silencio y la desolación.

Entre paisajes de escombros y una luz de atardecer cuidadosamente buscada, la cámara sigue a Hanna en su soledad, mientras cada objeto abandonado y cada pausa en el diálogo revelan fragmentos de una historia profundamente humana.

Steven Spielberg en un rodaje

Directores que me inspiran · 24 junio 2025

Steven Spielberg:
Mi Primer Sueño

Antes de entender qué era el lenguaje cinematográfico, antes de saber lo que significaba un plano secuencia o un clímax narrativo, hubo una película. Una historia. Un momento frente a la pantalla que me hizo sentir algo que no sabía cómo nombrar: asombro. Y ese momento, esa chispa que encendió todo, vino de la mano de Steven Spielberg.

Spielberg fue el primer director que me hizo soñar. No solo con lo que podía contar, sino con lo que podía sentir. Sus películas eran portales. Aventuras que cruzaban galaxias, tierras perdidas, habitaciones donde los niños volaban en bicicletas o los adultos lloraban frente al teléfono. Con él entendí que el cine no era solo una ventana para mirar el mundo, sino una forma de expandirlo.

Hay algo profundamente humano en su forma de narrar. Spielberg tiene una sensibilidad especial para contar grandes historias desde lo íntimo. Siempre hay un niño buscando a su madre, un padre que falla, un héroe común enfrentando lo extraordinario. Esa combinación entre lo épico y lo emocional es su marca registrada, y también, de alguna manera, la brújula que me guía como cineasta.

Admiro su capacidad para cambiar de registro sin perder su esencia. Puede pasar de la fantasía pura en E.T. al terror visceral de Tiburón, de la aventura de Indiana Jones al drama devastador de La lista de Schindler, y siempre mantiene esa mirada compasiva, profundamente humana. Hay una humildad en su forma de mirar a los personajes. Nunca los juzga. Los acompaña.

La dirección de actores en su cine también me marcó. Sabe encontrar la emoción precisa sin forzarla, y deja espacio para que los personajes respiren. Hay escenas en Encuentros Cercanos del Tercer Tipo o El Imperio del Sol donde el rostro de un personaje, en silencio, dice más que cualquier diálogo. Esos momentos me enseñaron que el corazón del cine está muchas veces en lo no dicho.

Y claro, la música. ¿Cómo no hablar de John Williams? Esa colaboración mítica, que no solo dio identidad sonora a sus películas, sino que también construyó parte de nuestra memoria colectiva. Las notas de E.T., Jurassic Park, La lista de Schindler… forman parte de nuestro imaginario emocional. Para mí, escuchar esas partituras es como volver a casa.

Spielberg no solo hizo que me enamorara del cine. Me hizo entender que, con una cámara, se puede hablar de la infancia, del miedo, del amor, de la guerra, de la pérdida… y al mismo tiempo recordarnos que todavía es posible creer en la magia. Él fue mi puerta de entrada. El primer sueño. Y ese sueño aún me acompaña, cada vez que escribo una historia, cada vez que grabo una escena y me pregunto si, de alguna manera, aún estoy buscando lo que sentí la primera vez que vi una de sus películas.

Alejandro González Iñárritu dirigiendo

Directores que me inspiran · 24 junio 2025

Alejandro González Iñárritu y la Trilogía de la Muerte

Hay directores que admiramos por su técnica, otros por sus historias. Pero hay algunos —muy pocos— que logran tocarnos de una forma íntima, profunda, visceral. Para mí, Alejandro González Iñárritu es uno de ellos. Su llamada trilogía de la muerte —Amores Perros, 21 Grams y Babel— no solo me marcó como espectador, sino que me formó como narrador. Su cine me enseñó que la vida no se cuenta en líneas rectas, que la belleza también habita en el caos, en la herida y en el silencio.

Lo primero que me impactó fue la fotografía. Esa crudeza tan bien compuesta, esa cámara que tiembla con los personajes, que se atreve a mirar de cerca el dolor y la verdad. Con Rodrigo Prieto como aliado visual, Iñárritu logra imágenes que no se olvidan, no por su estética pulida, sino por su humanidad brutal. Hay planos en Amores Perros que aún me persiguen, como si los hubiera vivido yo.

Otra cosa que admiro profundamente es su dirección de actores. Tiene un don para sacar lo más honesto de cada intérprete. No importa si es un rostro conocido o alguien que apenas se inicia: bajo su guía, los personajes no parecen actuados, sino vividos. Son carne, hueso y culpa. En 21 Grams, por ejemplo, hay miradas más elocuentes que páginas enteras de guion.

Y por supuesto, su manejo de los puntos de vista. Esa narrativa fragmentada, casi poética, donde el tiempo se quiebra y las piezas del rompecabezas humano se van armando lentamente. Me inspira esa manera de construir desde el desorden, porque ahí está la vida también: en las conexiones invisibles, en lo que no se dice a tiempo, en lo que nunca se llega a entender del todo.

La música, casi siempre firmada por Gustavo Santaolalla, funciona como un corazón subterráneo. No busca imponerse, sino respirar con la historia. En Babel, cada nota parece acompañar la soledad de los personajes, cruzando continentes y lenguajes, como si el dolor hablara un mismo idioma.

Ver y volver a ver esta trilogía me recuerda por qué elegí contar historias. Porque creo, como Iñárritu, que la vida está hecha de fragmentos, de pérdidas, de encuentros fugaces que nos transforman. Y porque sigo buscando, en cada plano y cada diálogo, esa misma emoción que él supo despertarme la primera vez.

J.A. Bayona en un rodaje

Directores que me inspiran · 24 junio 2025

J.A. Bayona:
La Poética del Dolor y la Esperanza

Cuando pienso en lo que más me mueve del cine, no pienso en el espectáculo ni en la perfección técnica. Pienso en el nudo en la garganta, en el silencio entre dos personajes que se aman pero no pueden decirlo, en la mirada que lo dice todo cuando ya no queda nada por hacer. Y si hay un director que ha sabido habitar ese espacio con una belleza conmovedora, ese es Juan Antonio Bayona.

Bayona me inspira porque no teme a la emoción. En un mundo donde muchos se refugian en la ironía o la distancia, él se lanza de lleno al dolor, al amor, a la pérdida. Y lo hace con una elegancia narrativa que roza lo poético. El Orfanato, Lo Imposible, Un monstruo viene a verme… y más recientemente La sociedad de la nieve, son todas piezas de un cine profundamente humano, donde la fragilidad no es debilidad, sino belleza.

La sociedad de la nieve me conmovió de una manera particular. No solo por la historia —que todos en Latinoamérica sentimos cercana— sino por cómo Bayona la aborda: desde la dignidad de los que ya no están, desde el respeto absoluto al sufrimiento real. La película es una clase magistral sobre cómo convertir una tragedia en una meditación cinematográfica sobre la vida, la fe y la capacidad de resistencia del ser humano.

Una de las cosas que más admiro de su cine es cómo construye el viaje del héroe. Sus personajes —ya sean madres, niños o sobrevivientes— inician siempre desde un lugar de pérdida o incertidumbre, y atraviesan un proceso de transformación profundamente emocional. No hay épica falsa en ese camino. Hay miedo, contradicción, ternura, silencio. Y al final, hay luz.

Visualmente, su cine es un poema. Tiene un ojo casi pictórico para la puesta en escena: los atardeceres, la naturaleza como testigo, los interiores cargados de intimidad. En La sociedad de la nieve, hay planos que parecen tallados con devoción, como si cada encuadre llevara una plegaria silenciosa. Ese cuidado me inspira. Me recuerda que el cine es también un acto de respeto hacia la historia que contamos.

Y la música… qué decir. La colaboración con Michael Giacchino en La sociedad de la nieve es, sin duda, una de las uniones más conmovedoras entre imagen y sonido que he visto en los últimos años. Giacchino no solo acompaña: sostiene, susurra, abraza la emoción. Sus notas se funden con la nieve, con la respiración de los sobrevivientes, con la memoria que nos queda. En su cine, la música no subraya, sino que revela.

Bayona me recuerda por qué amo contar historias: porque una escena, si está bien construida, puede decir más sobre el ser humano que cualquier teoría. Porque a veces el arte no está en inventar, sino en saber mirar lo que sentimos todos, y devolverlo con belleza. Su cine me acompaña, me guía, y me impulsa a buscar siempre la emoción más sincera, sin miedo al dolor, con esperanza.

Andrés Wood

Directores que me inspiran · 24 junio 2025

Andrés Wood y La Buena Vida:
El Cine que Nos Mira de Frente

Hay un cine que te sacude por fuera, por lo que muestra. Y hay otro que lo hace por dentro, por lo que te revela de ti mismo, de tu país, de la vida que a veces no quieres mirar. Andrés Wood pertenece a ese segundo grupo. Su cine tiene algo que no se aprende: verdad. Y si hay una película que me acompaña desde que la vi por primera vez —una que vuelvo a ver como quien vuelve a leer una carta que lo marcó— es La Buena Vida.

La Buena Vida es, para mí, una obra maestra silenciosa. Nada en ella grita, pero todo golpea. Me inspiró profundamente porque retrata con una honestidad brutal la ciudad que habitamos, las aspiraciones que nos frustran, las pequeñas derrotas cotidianas que van moldeando quienes somos. Santiago, en sus manos, no es solo un escenario: es un personaje. Uno que observa, que aprieta, que traga sueños.

Lo que más admiro de Wood es su sensibilidad para contar historias aparentemente simples que en realidad están cargadas de capas. En La Buena Vida, seguimos a cuatro personajes: un psicólogo, una joven madre, un músico y una mujer luchando por sobrevivir. Ninguno se cruza realmente con el otro, y sin embargo, todos comparten algo esencial: la búsqueda. De sentido, de dignidad, de pertenencia. Es un relato coral donde el drama no necesita grandes explosiones para doler. Porque el dolor está en lo cotidiano. Y eso, como cineasta, me conmueve.

La dirección de actores es precisa, contenida, pero profundamente humana. Nunca hay exageración, nunca hay artificio. Wood dirige con confianza en sus intérpretes y en el guion, dejando que las emociones emerjan de forma orgánica. Esa contención me inspira: demuestra que el cine no necesita gritar para ser profundamente emocional.

Otro aspecto que valoro mucho es su mirada. Hay compasión, pero no condescendencia. Hay crítica, pero también ternura. En La Buena Vida no hay héroes ni villanos, solo personas tratando de sobrevivir como pueden, en una ciudad que muchas veces no perdona. Y, sin embargo, hay poesía en medio de ese caos. Una poesía urbana, íntima, melancólica.

La música también juega un rol clave. Nunca subraya ni interfiere, pero acompaña con delicadeza. Y ese acompañamiento emocional sutil, casi invisible, es algo que intento replicar en mi propio trabajo. A veces basta un acorde, una textura sonora, para sostener una emoción que las palabras no logran explicar.

Andrés Wood me inspira porque hace cine desde un lugar profundamente honesto, y porque logra lo que más admiro: contar historias locales con una resonancia universal. La Buena Vida no necesita irse lejos para conmover. Basta con mirar la calle, una micro, una sala de espera… y ahí está el drama, la belleza, la vida.

Cada vez que vuelvo a verla, me reafirmo en lo que creo: que el cine puede ser espejo, pero también consuelo. Que puede hacernos mejores observadores del otro, y de nosotros mismos. Y que no hay nada más poderoso que una historia bien contada, con el corazón en la mano y la cámara en el lugar justo.